Este territorio fue el refugio y bastión del pueblo comcáac durante el tiempo en que la etnia enfrentó los intentos de exterminio por parte de la Corona española y el Gobierno mexicano.

ISLA DEL TIBURÓN, Sonora.- Han sido muchas las pisadas que han surcado este extenso territorio; esta región enorme, agreste, recia y hermosa, la cual fue refugio y fortaleza de un pueblo que defendía con sangre lo que era suyo, esta tierra es a la que los primeros exploradores bautizaron como Isla del Tiburón.

Al hablar de la isla obligadamente se tiene que hablar de la etnia comcáac o seri; pues este sitio, según los historiadores, fue el hogar de la tribu desde el siglo I y II, según los registros de vestigios de cerámica encontrados en el lugar.

La isla posee una extensión de 1,198.7 kilómetros cuadrados, la más grande de México, siete veces más extensa que la ciudad de Hermosillo.

En una ocasión, Antonio Robles, un sabio integrante del Consejo de Ancianos de la etnia, comentó que para ellos este territorio es como una madre, la cual protege, resguarda, alimenta y provee lo necesario a sus hijos. Igualmente expresaba su respeto y admiración por cada centímetro del territorio al encontrarse ahí sitios que consideran sagrados.

La Isla del Tiburón es como un sitio sagrado, pues todo de la isla, sí, es la vida de los antepasados… ahí nacieron, ahí crecieron, ahí andaban los comcáac», comentaba don Antonio, según documenta la investigadora Diana Luque Agraz en su libro Naturaleza, Saberes y Territorio Comcáac.

UNA HISTORIA QUE DUELE

Aunque hoy los comcáacs son dueños y señores de su territorio al voltear al pasado se puede ver qué tan dura ha sido la historia con ellos; con este pueblo que sólo buscaba vivir bajo sus propias leyes, sus costumbres y tomar lo que por derecho le pertenecía.

La etnia seri fue sobreviviente de múltiples intentos de exterminio tanto desde el tiempo de la Corona española como después, en el siglo XIX, por el Gobierno mexicano.

Aunque los seris quizá pudieran ser considerados los indígenas con mayor posesión de tierras del País, estas tuvieron un costo muy alto, fueron defendidas con su vida.

El investigador y etnólogo norteamericano, William J. McGee, documentaba que en el siglo XVII, cuando llegaron las misiones jesuitas, la etnia además de habitar la isla se extendía por la costa hasta Guaymas, al Sur y Hermosillo, al Este.

Su población era cercana a los 5 mil habitantes, divididos en seis bandas; pero ese número se iría reduciendo conforme se enfrentaban a sus enemigos.

TIEMPOS DE GUERRA
A partir del siglo XVIII los seris recrudecieron su hostilidad contra los hombres blancos que habían invadido sus tierras, pues los indígenas con un espíritu indómito, luchaban por defender lo suyo.

De acuerdo a la etnóloga Margarita Nolasco, a mediados de ese siglo, por orden del virrey conde de Fuenclara las tierras de los seris fueron repartidas entre los soldados y los colonos españoles, lo que tensaría más la situación.

El entonces gobernador de Sonora, Diego Ortiz de Parilla, emprendió una expedición militar en contra de la etnia, provocando que durante el resto de la Colonia los seris se vieran reducidos por las sangrientas batallas.

A raíz de las persecuciones en la franja del continente, el grupo comcáac fue disminuyendo a unas pocas familias que se refugiaron en la Isla del Tiburón junto con el último grupo que ya la habitaba.

Fueron capaces de sobrevivir gracias a sus excelentes condiciones físicas, su resistencia a caminar grandes distancias, a soportar sed y hambre, y especialmente a su relación con este áspero territorio.

Según el etnólogo Rodrigo Fernando Rentería, en su obra Monografía de los Pueblos Indígenas, entre las décadas de 1850 y 1860, periodo conocido como las Guerras de Encinas, se exterminó al menos a la mitad de la población seri, hombres, mujeres y niños, en los años que duró la masacre.

LLEGADA DEL HOMBRE BLANCO
En 1904 el gobernador de Sonora, Rafael Izábal, dirigió una de las últimas y más fuertes campañas en contra de los seris y el 24 de diciembre, irónicamente en víspera de la Navidad, puso pie en la Isla Tiburón.

Se hizo acompañar de 42 pápagos, 40 rancheros y 160 soldados, apoyados desde la costa por dos embarcaciones. Durante la campaña, de siete días, hubo varias batallas de las cuales resultaron oficialmente muertos once seris y capturadas varias mujeres y niños.

Izábal amenazó de muerte a las prisioneras para obligar a los hombres a entregar a unos yaquis fugitivos a los que perseguía; ante esta presión los seris no tuvieron más remedio que matar a los yaquis.

La expedición de Izábal marcó definitivamente el curso de la historia seri, pues la Isla Tiburón, principal bastión defensivo del pueblo seri, por fin se había rendido a fuerzas militares modernas, y sus ocupantes dejaron de considerarla el refugio inexpugnable que había constituido hasta entonces”, escribe Rodrigo Fernando Rentería.
Ante la proporción de este embate, los ataques de los seris a lo largo de sus fronteras cesaron. Para 1927 y 1928, dos terceras partes de la tribu seri habían establecido sus campamentos de invierno en Bahía Kino.

Posteriormente y debido a las relaciones comerciales que mantenían con el hombre blanco, ya no vieron la necesidad de regresar al Tiburón.

El gobernador Izábal, ese fue el que firmó el decreto para el exterminio de la raza seri… yo tenía una copia de eso, ese decreto fue firmado en Ures. Ése fue el que nos hizo la vida imposible, pero por algo pasan las cosas, aquí estamos, ahora ya las cosas son diferentes”, expresó el actual gobernador seri, Joel Barnett.

SITIOS SAGRADOS
Así como comentaba Antonio Robles, la isla es un lugar sagrado para los comcáacs, ya sea por sus cuevas, aguajes, campamentos, entre otros, y según el Mapa de los Sitios de Valor Cultural, se identificaron un total de 290 puntos.

En el litoral de la isla hay 190sitios sagrados, 72 en el Canal del Infiernillo y 28 en el centro de la isla, indica Luque Agraz en su libro.

Sí, la isla es algo muy sagrado para nosotros, nosotros daríamos la vida por la isla, porque así nos inculcaron, así nos aconsejaron los ancestros, los ancianos que nos han platicado de cómo sobrevivimos en la isla”, señala convencido el gobernador de la etnia, Joel Barnett, mientras voltea a ver ese territorio.
Dios es muy grande por eso estamos enfrente de la isla, y para nosotros es un orgullo estar a un lado viendo todos los días cada amanecer”.

https://www.elimparcial.com/export/sites/elimparcial/img/2022/06/13/image_1.png_1204836889.png

 

COMPARTE